1. Te mira desde el otro lado de las vías con esa expresión recelosa que se le dibuja inconscientemente en el rostro al sentir que el subidón de adrenalina se producirá en breves instantes. Se abrocha la cremallera de la chaqueta hasta el cuello y mira hacia abajo, no puede distraerse. La pantalla anuncia que el próximo vagón llegará en 2 minutos, Tetuán rebosa: apenas 120 segundos para que se abran las puertas y aparezca el tercer socio, habiendo elegido a su víctima cautelosamente. La señora del carrito musical prepara el micrófono como si fuera a cantar una versión inédita del Ave María en la Plaza del Vaticano, un click metálico, se pone en ON, la anciana de tu izquierda empieza a incorporarse entre quejidos, buscando quizás una mano amiga o simplemente exteriorizando un dolor proveniente de quién sabe qué parte de su cuerpo. Un minuto para entrar en acción. Te limpias el sudor de las palmas de tus manos en el pantalón y miras a la izquierda, se atisba algo de luz. Ahí está.
2. Totalmente fuera de sí, pataleaba en el suelo mientras la que debía ser su madre intentaba levantarla tirando del vestido. La furia que puede albergar un cuerpo de dos años es enorme, pensaba. Casi siempre, al contemplar una escena así le venía a la mente su propia imagen infantil, la frustración que se vive en esos momentos cuando lo que más quieres en el mundo es, no sé, tu golosina favorita, el juguete que acabas de ver en un escaparate y recibes un rotundo no, como una pedrada de realidad que crees totalmente injusta y te pones a llorar como si no hubiera nada más para lo que haber nacido.
- ... o pasillo?
- ¿Perdón?
- Que si quiere ventana o pasillo.
- Ventana, ventana.
Ya estaba otra vez, repitiendo dos veces la misma palabra, como si no le fuera a oir. Por otra parte, ¿a quién le puede gustar ir en el pasillo?
3. Vamos a ver, qué pasa con el orden de llegada, es bastante inadmisible que yo lleve aquí desde antes que la familia de rubios de anuncio y tenga que ser el gilipollas que se traga el dolor y el tiempo, no me apetece. Voy a abordar vilmente a la enfermera enarbolando mi magnífico volante y si se cuelan todos no voy a ser menos. Mi madre me diría que estas cosas me pasan por ser un manta y en el fondo tiene razón, la vagancia me hace ser el último de la fila de la vida, pues ojalá que de la muerte también, algo bueno tendrá.
4. La frase duró en su cabeza lo que tardó en aparecer el camarero con la siguiente ronda de bebida en vasos de IKEA perfectamente alineados. Una bebida que acabaría convirtiéndose en una inmundicia que expulsar en cualquier papelera de los alrededores. Si todos tenemos una parte, un porcentaje de máscara que mostramos ante los demás como un código de barras bajo el que te escudas e intentas venderte, durante los últimos años el suyo había estado totalmente impregnado en verborrea fácil, el cínico producto de una abrasiva autoestima. Y el motivo principal es que, nos guste o no, hay una fuerza que siempre impulsa a actuar según un patrón de conducta que, llegados a un punto, no sabemos controlar, lo que podría analizarse es la gravedad del patrón que nos corre por las venas a cada uno. Y, como en las carreras, a veces no se frena cuando se quiere, sino cuando te la pegas de frente con una pirámide de neumáticos en la cuneta. Errores de cálculo peligrosos.
Por otra parte, no es malo que cada mañana durante meses y años mientras tomas el primer café te autoinsufles el orgullo y la meta, el problema viene cuando tiempo después te sorprendes mirando al techo con la flagrante convicción de que eres el ser humano más egoísta que hayas podido conocer jamás y te da igual. Pero es que un día te sorprendes de esa guisa y es cuando te das cuenta de que la trampa del camino te llevó a una persona que no conoces. Que te saluda desde tu pasado cualquier mañana de 2007 en un andén, un bar, un callejón, unas ganas de comerte el mundo, pero ya no la reconoces ni ella a ti. Y sólo entonces te das cuenta de que la jodida verdad que estabas buscando no era esa.
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1 comentario:
has vuelto! :)
Txifu
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